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Encuentran perturbador manuscrito enterrado en lote de Acequias del Aire

Romina y Marcelo planean mudarse a la ciudad en cuanto les sea posible construir en el terreno que hace dos años compraron en barrio Acequias del Aire.

No lo tendrán sencillo y más bien terminarán vendiendo el lote para atender gastos corrientes (llegar a fin de mes) antes de contactar siquiera a un maestro mayor de obras o mucho menos a una arquitecta.


Marcelo es un muchacho como cualquier otro: trabaja doce horas por día y su estado de ánimo se encuentra en franco deterioro desde hace tiempo.

Ella contiene sus angustias (posterga las suyas) más por costumbre que por amor. Y se siente abrumada por el arrollador paso de los años, incapaz de detenerse a reflexionar sobre lo que quiere para su vida.


La compra del terreno funcionó en su momento como el horizonte posible de una experiencia vital más o menos satisfactoria, pero pronto se convirtió en nuevos problemas: pagar la tasa municipal que aumenta cada tres meses, contratar un jardinero para desmalezar, realizar una visita de vez en cuando.

Y fue justamente en una de esas visitas que sucedió el inesperado acontecimiento, mientras Romina transpiraba la excavación de un pozo donde plantaría un espléndido mandarino que horas antes había comprado en Vivero Banci.


A unos cuarenta centímetros de profundidad la pala se encontró con un objeto de apariencia metálica. Con esmerada paciencia, ella removió la tierra húmeda a su alrededor y logró extraerlo.

Era una cajita de chapa, oxidada y semiabierta. En su interior contenía un manuscrito que al leerlo le estremeció el espíritu. Esto decía:

Las personas miraron tanto las pantallas de sus teléfonos que sus rostros terminaron por envilecerse. Sus pensamientos giraban obsesivos en torno al dinero. Naufragaban su atención en portales de noticias y tardaban segundos en olvidar lo que leían. Se tatuaban los cuerpos con desmesura en afán de embellecerlos, pero lograban lo contrario: lucían cada vez más desesperadas.